Franco Fortini, un profesor difícil

El retrato contenido en la colección de escritos de Goffredo Fofi “Nací estúpido y moriré estúpido”. Desde su papel como guía intelectual de las revistas Seventy-Eight hasta “Dogs of Sinai”, la terrible historia del hijo de un judío que apedreaba a soldados israelíes.

De todos los amigos preciosos de mis veinteañeros, es decir antes del desgarro generacional provocado por mi Compagni, adiós, el que más lamento no haber recuperado es sin duda Goffredo Fofi. En el momento de Joven crítico, la revista a la que dediqué diez años enteros de mi vida, había sido un valioso colaborador. Cuatro años mayor que yo y mucho más maduro que yo en ese momento, me envió pepitas intelectuales desde París, donde estaba destinado. Intenté en vano estos últimos años restablecer nuestra relación, no es que mi afecto y mi estima hacia él se hubieran debilitado aun en el silencio que se había establecido entre nosotros.

Hace tiempo que tengo en mi mesa de trabajo el libro que acaba de publicarse por mínimo fax, Nací estúpido y moriré estúpido.una colección de escritos de Fofi que van desde 1956 hasta 2021. Es un libro tan rico que uno no sabe de dónde colgarlo, tal es la secuencia de personajes, libros y películas sobre los que Goffredo apunta su visor intelectual. Digo esto a pesar de ser -en esto muy diferente a él- alguien que no tiene nada que recomendar a nadie para hacer del mundo de mañana un lugar mejor. Además, incluso a este nivel, el Fofi de hoy me parece diferente al de hace treinta años., se me acercó intelectualmente y espero que no le importe. Así lo atestigua maravillosamente el ensayo en memoria de Franco Fortini que va de la página 450 a la 455 del libro, el que se titulaba “Un maestro difícil” cuando se publicó en 1995. Fortini había muerto en 1994 a la edad de 77 años. Era él quien había servido como emblema intelectual de la mejor de las revistas italianas que habían dado a luz a 1968 y sus alrededores, la cuadernos de plaisance gobernado por Piergiorgio Bellocchio, Grazia Cherchi y por el mismo Fofi. Pues bien, el Fofi de 1995 concluía así su retrato de Fortini: “Su definición y esclarecimiento, su postergación (hasta después de la Revolución) y su huida nos parecían, y nos siguen pareciendo, nebulosos e irresponsables; tanto más tras la caída de los muros y el fracaso del verdadero comunismo, el único del que hemos tenido noticias y testimonios. Como a otros, también Fortini, después de muchos años de oponerse a la fealdad del comunismo, se encontró más comunista que comunistas. […]”.

Sí, por las generaciones a las que pertenecimos Fofi y yo, Fortini había sido un profesor difícil. Tan importante como doloroso, por las muchas veces que nos hemos encontrado astralmente alienados de sus juicios. Importante cuando en los años sesenta nos había enseñado que un joven europeo podría decir que es de izquierda cuando aborrece el comunismo soviético real. Doloroso cuando escribió, en 1973, que China, donde enloquecieron las desgracias de la revolución cultural maoísta, era “el único país del mundo donde uno no se avergonzaba de ser hombre”. Fue muy doloroso cuando en noviembre de 1983, con motivo de la entrada de soldados estadounidenses a la isla de Granada combatiendo y de fotos de algunos de ellos arrastrando de los pies a cubanos muertos, Fortini escribió en el Corriere della Sera (del que había convertirse en colaborador) que los occidentales estamos modelados para aprender -con la misma naturalidad con la que se aprende a respirar- a matar y eso tanto en Corea como en Chile como en Vietnam. Una vez más se paró como un ángel en un mundo de pecadores y “servidores” del capital. Dolido como estaba como quien ya no reconoce quién era su padre, escribía para Pagina (la revista dirigida por Ernesto Galli della Loggia, y donde Paolo Mieli, Massimo Fini y yo estábamos en la redacción) que el suyo era “intelectual negligencia profesional”. Cuando cuatro años después Giovanni Minoli dedicó un episodio de uno de sus programas a Mis compañeros, Adiós e intentó invitar a Fortini a ese episodio, se negó indignado a ser llamado para aparecer junto a un personaje como yo.

Con todo esto, la huella intelectual de Fortini en mi juventud intelectual queda imborrable. Pocos libros he leído en mi vida, en voz alta y con un transporte tan sentimental como el suyo. “Diez inviernos” de 1957 que había comprado 1.500 liras en una librería romana que ofrecía libros sin vender y de la que veo que ahora están vendiendo un ejemplar en eBay por 120 euros. Fui a Amazon.it para averiguar si entre los libros de Fortini que se ofrecen hay alguno que no tengo y que me gustaría leer. Es una larga lista de nueve páginas. Por supuesto que hay libros que echo de menos, pero no se puede tener todo y leerlo todo. Poco después, Amazon me envió una de estas notificaciones diciendo que es como si hubieran estado buscando en lo más profundo de mi cerebro. me invitan a comprar Perros del Sinaí, un breve panfleto publicado por De Donato en noviembre de 1967, poco después del final de esa guerra de seis días en la que Israel había derrotado a no sé cuántos ejércitos árabes que lo rodeaban amenazadoramente. Este folleto, que ha sido reeditado varias veces, lo compré en su momento en la primera edición y lo leí de inmediato. Como había una oposición imparable a la política israelí, era un libro que tenía miedo de volver a leer ahora que tengo ideas menos aproximadas sobre esta cuestión que en 1967. Este es el momento en que finalmente lo volveré a leer, dime a mi mismo Los libros de Fortini en mi biblioteca están ubicados en dos compartimentos diferentes, en uno las primeras ediciones (principalmente poesía) y en el otro los libros de no ficción más actuales. Perros del Sinaí estaba en este segundo sector. Es un libro terrible, el hijo de un judío que apedreó a los soldados israelíes en 1967. Lo leí de nuevo con el corazón en la boca por miedo a encontrar algo demasiado candente contra Israel. Al final de la lectura lo deposité entre las otras ediciones originales de Fortini, sigue siendo uno de sus libros más dramáticos.

Alita Caraballo

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